EUROPA

El nombre Europa procede quizá del de Europa, la hija de Fénix o Agenor en la mitología griega, o de Ereb, palabra fenicia que significa "ocaso". Si bien está considerado habitualmente como uno de los seis continentes del mundo, Europa es, en realidad, la quinta parte occidental de la gran masa continental euroasiática. Los geógrafos modernos consideran los Montes Urales, el río Ural, una parte del Mar Caspio y la Cordillera del Caúcaso como la principal frontera entre Europa y Asia. El punto más septentrional del continente europeo es el cabo Nordkinn, en Noruega, y el más meridional la punta de Tarifa, en el extremo sur de la Península Ibérica. De oeste a este se extiende desde el cabo da Roca, en Portugal, hasta la vertiente nororiental de los Urales, en Rusia.

Desde el punto de vista racial y lingüístico está muy dividida. La mayor parte de sus lenguas pertenecen a la gran familia indoeuropea: lenguas célticas, románicas, germánicas, bálticas, eslavas, helénica e ilírica; entre las no indoeuropeas las principales son las uralo-altaicas.

En cuanto a las religiones predomina el cristianismo (católicos, ortodoxos, protestantes).

Historia

Prehistoria y Edad Antigua

Poblada desde el paleolítico inferior por el hombre de Neanderthal, y en el superior por el Homo sapiens sapiens, sus privilegiadas condiciones de habitabilidad originaron oleadas migratorias de las más variadas razas.

Las regiones próximas a Oriente evolucionaron más rápidamente (Creta y Grecia). A principios de nuestra era, el imperio de Roma centralizó y unificó económica y culturalmente la antigua civilización de Asia y África, alcanzando a las tribus bárbaras europeas. Su base económica se asentó sobre el trabajo de los esclavos, cuya afluencia se redujo con el fin de las guerras de conquista a partir del s. III, con lo que el sistema quedó herido de muerte.

Edad Media

Al morir Teodosio, el imperio romano quedó dividido en dos partes. La debilidad económica de Occidente facilitó las invasiones de los bárbaros, que fragmentaron el imperio tras su caída (476). Los ostrogodos ocuparon Italia, los francos gran parte de la Galia, los visigodos el resto de la Galia y España, y los vándalos el NO. de África. Mientras, Oriente resistió con éxito las invasiones de visigodos, hunos y ostrogodos.

Los bárbaros asimilaron la cultura latina a través del cristianismo. Aparecieron entonces estados romano-bárbaros dirigidos por una aristocracia militar germánica, sobre la base económica de las villae (grandes fincas agrarias), que llegaron a tener ejército propio. Esta fuerza, y la reducción de los trabajadores del campo a siervos de la gleba configuraron el nuevo régimen feudal que se extendió por Europa durante la Edad Media.

Bizancio, absorbido en la lucha contra los árabes, ávaros y eslavos, tuvo que abandonar Occidente, del que se distanció tras la agudización de las diferencias entre las Iglesias de Roma y oriental (s. VIII).

En 711 los árabes iniciaron la conquista de España y atravesaron los Pirineos, pero fueron detenidos por los francos en Poitiers (732). La península Ibérica quedó bajo el dominio musulmán, del que no se liberó totalmente hasta el s. XV, y en ella se desarrolló una brillante civilización que contribuyó a que en el s. XI resurgiera la ciencia en Occidente.

El entendimiento entre Carlomagno (768-814) y la Iglesia dio a ésta la protección del rey franco, y a cambio él recibió la corona imperial y apoyo de la religión en sus guerras. Como resultado, Europa tuvo su centro en el Imperio Romano Germánico durante más de un milenio.

A la muerte de Carlomagno, el imperio se dividió y aparecieron tres reinos cuyas fronteras étnico-lingüísticas se han mantenido en Europa durante siglos (Francia, Italia y Alemania). La última gran invasión bárbara fue la de los húngaros, en la primera mitad del s. X, detenida por Otón I de Germania, quien en 962 restableció el Sacro Imperio Romano Germánico, que duró hasta 1806.

A su vez, se restableció la independencia y el poderío del papado y se organizaron nuevos Estados cristianos (s. X-XI), como Dinamarca, Noruega, Suecia, Polonia, Hungría y el principado de Kiev.

En las primeras décadas del s. XI se produjo en Occidente un renacimiento demográfico, económico, social y cultural que exigió la conquista de nuevos mercados y, junto con el clima religioso, determinó el fenómeno de las Cruzadas, que condujo a la hegemonía del Papado.

Derivación de este fenómeno fue la libertad de comercio marítimo en el Mediterráneo en el s. XII, el fecundo intercambio con Oriente y el desarrollo de grandes ferias internacionales. Bizancio y Venecia fueron las grandes beneficiarias del contacto comercial con el Islam.

La expansión hacia nuevas tierras cultivables se manifestó en las zonas del Alto Elba y del Oder, patrocinada por los príncipes alemanes, los Caballeros Teutónicos y los cistercienses. Su ámbito comercial estuvo dominado por la Liga Hanseática.

El desarrollo cultural se manifestó con la aparición de las universidades de Bolonia (1088), París (1150) y Oxford (1163).

Las pretensiones del Papado chocaron con las del Imperio, y ambos poderes se enfrentaron en las querellas de las Investiduras (1074-1122) y en la lucha entre el Papado y el Imperio (1157-1250), por lo que se debilitaron en momentos en que se iniciaba la hegemonía francesa con los Capeto.

Durante la lucha contra los emperadores alemanes, los papas se valieron de alianzas de todo tipo, y su corte se transformó así en el centro de la política europea; pero entró en crisis al fracasar las Cruzadas en Asia y en Egipto: el último baluarte cristiano, San Juan de Acre, cayó en 1291.

Europa oriental, a su vez, fue devastada por los mongoles; Europa occidental se salvó, pero los mongoles quedaron establecidos en Rusia, determinando su evolución hacia formas de gobierno y de sociedad asiáticas.

Los turcos otomanos, llegados de Asia, conquistaron los Balcanes a partir de 1354 y destruyeron el imperio bizantino en 1453.

En el s. XIV, a las catástrofes demográficas (hambres en 1315, peste negra en 1347-52, que eliminó un tercio de la población, calculada en cerca de 100 millones) se sucedieron las políticas (guerra de los Cien Años, 1337-1453), económicas (quiebra de bancos venecianos, decadencia de la industria pañera de Flandes) y las revueltas campesinas (jacquerie en Francia, en 1358; Wat Tyler en Inglaterra, en 1381).

Edad Moderna

El desarrollo de la organización estatal (administración, ejército, etc.) creó enormes gastos que obligaron a los reyes a aliarse a la naciente y rica burguesía. A fines de s. XV se impuso en la Europa occidental la política mercantilista, coincidente con los reinados de Enrique VII de Inglaterra (1485-1509), los Reyes Católicos de España (1479-1516) y Luis XI de Francia (1461-83).

Alemania e Italia continuaron divididas en territorios económicamente independientes. Venecia y Génova, monopolizadoras del comercio de Oriente, crearon imperios mercantiles mediterráneos, y Florencia continuó como centro bancario y de la industria del lujo. Esta riqueza hizo que en Italia se iniciase el movimiento artístico, literario y científico del Renacimiento (s. XV-XVI).

El descubrimiento de nuevas rutas a las Indias y de América desvió el gran comercio del Mediterráneo al Atlántico. La península Ibérica fue la distribuidora de los metales preciosos americanos, y Amberes el gran centro financiero, reemplazado por Amsterdam en el s. XVII.

Inglaterra, los Países Bajos y Francia formaron sus propios imperios coloniales, que determinaron el desarrollo europeo y el equilibrio de sus potencias. La corrupción de la Iglesia originó el movimiento de la Reforma protestante, que, en la primera mitad del s. XVI, separó de la obediencia de Roma a la mitad de Europa.

El intento de restablecer la unidad religiosa originó las guerras de religión en Alemania, Francia y Países Bajos (s. XVI), lográndose la paz tras la guerra de los Treinta Años (1618-48).

Edad Contemporánea

La revolución industrial en Inglaterra (s. XVIII) sentó las bases económicas del nuevo orden liberal burgués, pero las políticas fueron establecidas por la Revolución francesa (1789), y las conquistas napoleónicas significaron el triunfo de la burguesía sobre el régimen feudal.

Los movimientos revolucionarios de 1830 y 1848 se inspiraron en el liberalismo y el nacionalismo, y fueron organizados por la burguesía y apoyados en el naciente proletariado. Aparecieron movimientos nacionalistas en Grecia, Bélgica y las naciones balcánicas, y se produjeron la unificación italiana (1859-70) y la alemana (1864-1871).

Pero pronto el proletariado se enfrentó a la burguesía en la esfera económica, originando movimientos sindicalistas, anarquistas y socialistas que lograron mejorar las condiciones de vida de los trabajadores industriales.

La superioridad técnica e industrial europea y su crecimiento demográfico determinaron su control de la economía mundial, pero tuvo que renunciar a sus dominios coloniales en América, tras las guerras de independencia de las antiguas colonias. No obstante, éstas continuaron dependiendo económicamente y culturalmente de Europa.

En la segunda mitad del s. XIX las potencias europeas se repartieron África y Oceanía, y 40 millones de emigrantes se establecieron fuera del Continente. La lucha de las potencias por el control de los mercados y las fuentes de materias primas originó la I Guerra Mundial (1914-18), en la que Europa quedó destrozada, disminuyendo su importancia mundial en beneficio de EE.UU. y Japón.

Rusia adoptó el régimen soviético (1917) y tomó el nombre de Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Los vencedores de Alemania intentaron reconstruir Europa y crearon nuevos Estados nacionales, como Checoslovaquia y Yugoslavia; también reemergió Polonia como nación independiente.

Preocupados por el ejemplo bolchevique en Rusia, los aliados facilitaron el rearme de Alemania e Italia, donde los movimientos fascistas llegados al poder desarrollaron una política militarista, nacionalista y revanchista.

La guerra civil española (1936-39) aumentó la tensión entre los países europeos, y la agresión alemana contra Polonia inició la II Guerra Mundial (1939-45), en la que los aliados (EE.UU., Gran Bretaña, Francia y URSS) derrotaron a las potencias del Eje (Alemania, Italia y Japón).

Europa quedó en ruinas y dividida en dos zonas de influencia. En la parte oriental fueron instaurados regímenes de corte soviético (Polonia, Alemania Oriental, Checoslovaquia, Hungría, Rumania, Bulgaria, Albania y Yugoslavia). En la occidental, se establecieron regímenes democráticos apoyados por EE.UU. Alemania y Austria quedaron divididas, pero Austria consiguió la unificación en 1955.

La descolonización se generalizó y Europa perdió las fuentes de abastecimiento de materias primas, sobre todo las de energía. Sin embargo, la reconstrucción rápida fue posible por la ayuda estadounidense a través del plan Marshall (1947).

La unificación del occidente europeo se fue configurando con la creación de la Organización Europea de Cooperación Económica (OECE), fundada en 1948; la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), fundada en 1951; el EURATOM, y la Comunidad Económica Europea (CEE), fundada en 1957. Por su parte, los países orientales se integraron también económicamente (1949) en el COMECON (Consejo de Asistencia Económica Mutua).

A fin de rechazar una eventual agresión de los países del Este, la Europa occidental constituyó en 1949 la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), alianza militar que incluía a EE.UU. y Canadá. Los países del Este, a su vez, constituyeron el pacto de Varsovia (1955), bajo el control de la URSS.

Las esperanzas puestas en una Europa libre de la tutela estadounidense o soviética se fortalecieron con la integración en la CEE de Gran Bretaña, Irlanda y Dinamarca (1973), así como de Grecia (1981). A ello contribuyó igualmente la evolución democrática de Portugal (1974) y España (1975), países que a su vez firmaron el tratado de adhesión a la Comunidad Económica Europea en diciembre de 1985.

La quiebra de los regímenes del Este europeo (1989-90) aportó nuevos cambios de orden geopolítico, singularmente con la unificación de Alemania (1990), que ensanchó los límites de la Comunidad Europea; simultáneamente aparecieron nuevos conflictos, muy en especial el rebrote de los nacionalismos sobre el suelo de la antigua Yugoslavia.